
En el municipio de Tolimán en las
estribaciones de la sierra gorda queretana, existen más
de 260 capillas otomíes, también conocidas como capillas
familiares o capillas-oratorio. Son unos pequeños
santuarios erigidos principalmente en el siglo XVIII que
expresan una amalgama cultural sin par: construidas en
honor al primer familiar bautizado, estas capillas son
una mezcla de la indomable cultura chichimeca y la
persistente labor de los evangelizadores franciscanos.
Vigilados por la Peña de Bernal,
envueltos en el paisaje semidesértico –como lo describe
el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)—
“los pueblos otomíes de Querétaro guardan celosos entre
sus casas de tabicón y cemento estas viejas capillas
familiares en donde residen las ánimas de sus ancestros
mecos (chichimecas); allí se encuentran la protección y
el poder, la continuidad del linaje”. Conscientes de
este valor, el propio INAH, a través de un estudio
etnográfico y como instancia normativa, así como el
gobierno de Querétaro, impulsaron que este legado forme
parte de la lista del Patrimonio Inmaterial de la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Hasta el momento, el inventario de
estas antiguas capillas familiares comprende alrededor
de 260, sobre todo del siglo XVIII, distribuidas en el
municipio de Tolimán y áreas menores de los
ayuntamientos de Colón, Ezequiel Montes y Cadereyta; no
obstante, existen varias de reciente construcción “y que
tendríamos que incorporar pues también son espacios para
la veneración de los ancestros”. Pese algunas
diferencias, las capillas familiares otomíes guardan un
esquema similar: una construcción en bóveda de cañón o
de arista, vinculada con un pequeño atrio exterior donde
puede haber uno o varios calvarios, nichos o ‘justicia’,
en los que se dispone la cruz del antepasado principal y
otras de menor tamaño correspondientes a miembros del
grupo familiar, también fallecidos. “Existe una cruz que
es la más grande y representa al primero de este grupo
parental, de hecho, se cree que las capillas se
construyen a la muerte del primer fundador de la
estirpe”, comenta Beatriz Utrilla. También se encuentra
un muro testero en el que está el altar, sobre esta
peana se coloca la imagen del santo que preside la
capilla (San Miguel Arcángel, San Isidro, entre otros) y
que tiene conexión con el ancestro principal, los
cuadros de ánimas y algunos santos de “preferencia”.
“Cada que moría alguien —apunta la antropóloga— se
aumentaban figuritas en un cuadro que se le conoce como
de ánimas, entonces podemos ver básicamente genealogías
de los parientes de difuntos. Se cree que los muertos se
convierten en ánimas que pueden transitar entre este
mundo y el otro, y en Día de Muertos regresan”.
Dentro de las capillas, que suelen
medir entre ocho y diez metros de largo por cuatro o
cinco de ancho, se puede observar inscripciones que
recuerdan nacimientos, matrimonios y decesos, pues estos
oratorios son el centro principal de la vida de
numerosas familias indígenas del semidesierto tolimense.
Están distribuidas mayormente en los pueblos de San
Antonio de la Cal, San Miguel Tolimán y San Pablo
Tolimán, así como en La Higuera y en la zona de El
Carrizalillo, son de tipo unifamiliar o de barrio, y se
utilizan en diferentes fechas: Día de Muertos, Semana
Santa, fiestas patronales, peregrinaciones a las
elevaciones cercanas (Peña de Bernal, El Zamorano y el
Cerro del Frontón) o en Navidad. En los últimos tres
años, el gobierno estatal ha destinado aproximadamente
18 millones de pesos para la restauración de casi 40
capillas y un par de iglesias. Si quiere visitarlas, le
recomendamos viajar al pueblo de San Miguel Tolimán, uno
de los pocos lugares donde se siguen practicando
rituales en las capillas-oratorio. Visitarlas representa
una oportunidad única de apreciar un elemento religioso,
dinámico y vital del tejido social de este pueblo
mestizo. Debe localizar al encargado de la capilla para
que le abra la puerta. Lo hará con gusto.